Tras la huella de Violeta

Tras la huella de Violeta

Bordar en arpillera es un arte que invita a la creatividad y nos abre un mundo lleno de colores y fantasía. Inspirada en la obra de Violeta Parra, María Eugenia Vergara cuenta sus vivencias y expresa sus sentimientos bordando cuadros de gran valor estético. Dice que se trata de una actividad que invita a jugar, meditar e incluso sanar las heridas del alma.

María Eugenia Vergara es profesora de Artes Visuales de la Universidad Católica y posee un diplomado en Psicoplástica. Conoce el mundo de las manualidades desde pequeña, ya que su familia “es de manos creativas”, dice. Se desempeña como profesora de arte en un colegio en Peñalolén, y ha expuesto con gran éxito sus trabajos en arpillera.

“Vengo de una familia de mujeres fuertes y trabajadoras, muchas de ellas artesanas, que con su arte han logrado surgir. Mi abuela materna era modeladora de papel maché. Hacía esculturas y trabajos muy ingenuos, al estilo de las loceras de Talagante, absolutamente autodidacta. Mi madre teje y cose, y mi abuela paterna era una tejedora a crochet fina, de una gran delicadeza en sus puntadas. En sus manos, los hilos cobraban vida y generaban magia”, cuenta María Eugenia.

En el año 2007, mientras realizaba un trabajo con alumnos y apoderados en torno a los cuarenta años de la muerte de Violeta Parra, llegó a su vida la técnica del bordado en arpillera.

“Nos tocó crear una arpillera grupal en el curso. Una semana se la llevaba una mamá, luego otra y así sucesivamente. En el intertanto, yo también bordaba. Así, con la tela y las lanas a mi lado, me di cuenta del poder meditativo de este arte, ya que me relajaba bordar y me gustaba jugar con los colores”, recuerda.

María Eugenia había visto los trabajos de la desaparecida cantautora chilena y siempre le parecieron “enigmantes, llenos de símbolos y hechos con una técnica muy simple”.

“Estudié más a la Violeta –cuenta- y, junto con descubrir su gran valor como artista, descubrí a una mujer como yo, que quería decir cosas. Y me sentí muy cercana a su figura…”.

Así, comenzó a bordar, buscando imágenes que le gustaran y le hicieran sentido con el momento que estaba viviendo. “Dibujaba, transformaba y luego las agrandaba para colocarlas en la arpillera”, comenta.

“Yo creo que los materiales transmiten energía o, más bien, tienen su propia energía y te llaman cuando los necesitas. Yo sentí el llamado cuando me separé de mi pareja de años. No sabía qué hacer, y la arpillera y las lanas me lo dijeron. Sentía que debía pararme. Así fue surgiendo la fuerza de ‘Mi Deméter´ y las figuras, flores y frutas que la acompañan. Incluso el bebé en su guatita: lo vi en una meditación y pude concluir el trabajo. Yo no tengo hijos, pero en el cuadro los engendré”, relata.

María Eugenia guardó durante años sus arpilleras, hasta que finalmente fue invitada a exponerlas.

“Puedo afirmar –como les dije a mis alumnos- que a los cincuenta años todavía se pueden dar los primeros pasos y soñar”.

En cada trabajo, la artista demora aproximadamente cinco meses. Y en los más grandes, ocho meses a un año.

Cada una de las arpilleras de María Eugenia Vergara habla de momentos de su vida muy significativos.

No existe una técnica específica para bordar en arpillera. Se va creando en el momento, según la inspiración de cada cual. Las puntadas y los colores que se usarán dependen del gusto de cada uno.

Para trabajar en arpillera, no es necesario ser una experta bordadora. Incluso las puntadas más simples sirven para crear mundos de color y fantasía.

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